EL DEBATE: Hombre y arte

 

Por Salvador Jara Guerrero

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, México.

 

Heidegger, en La Carta sobre el Humanismo, escrita en 1946, intenta mostrar la problemática asociada a lo que podría denominarse el inevitable modo de ser del ser humano. Afirma que lo que se ha denominado humanismo es en realidad una forma de cubrir la esencia del hombre con ropajes de la época, con la moda, podríamos decir, e incluso considera que el humanismo, o por lo menos cierto tipo de humanismo, representa una amenaza para el ser. Intentaré inspirarme inicialmente en esta idea heideggeriana para mostrar que si fuera posible otro humanismo, uno que no amenazara el modo de ser del ser humano, tendría que tener al arte como modelo.

 

Si bien es cierto que el humanismo o antropocentrismo no ha florecido en todas las culturas, ya en las escuelas filosóficas griegas existía una corriente que privilegiaba al ser humano y su cuerpo. Entre los pensadores homéricos, el cuerpo era la esencia de lo humano. Ejemplo de ello son los cuerpos ágiles, las veloces piernas o los poderosos brazos que se describen en La Iliada o las maravillosas esculturas de los cuerpos atléticos en mármol.

 

Pero seguramente la cima del descrédito del cuerpo y de lo humano en general ocurrió durante el Medioevo, en el que predominó la visión pecaminosa del cuerpo junto a la exaltación espiritual pregonada por el imperio católico. La reacción en contra de las ideas medievales fue el movimiento humanista que se dio durante el Renacimiento, donde se redescubre al hombre y todas sus capacidades incluyendo la revaloración estética del cuerpo, pero sobre todo su capacidad de razonamiento.

 

La confianza en la razón, en la inteligencia y voluntad humanas y en su capacidad para cultivar todas las áreas del saber, identificó, durante el Renacimiento, al humanista con el hombre sabio, viajero, erudito, letrado, conocedor y educado, el caballero sabedor de lenguas clásicas, escritor de poemas, pintor, practicante de la música y hábil en todo tipo de contiendas; un ideal humano con mayor valor estético que ético. La formación integral se asoció con las mejores características de lo humano, el humanista debía ser capaz de mostrar todo lo que le distinguía de las bestias. La confianza en la razón como la característica esencialmente humana se opuso al dogmatismo religioso medieval y el deseo legítimo de conocer se enfrentó a la fe en los iluminados por la divinidad.

 

Habrá que preguntar en primer lugar, entonces, qué es lo humano; requerimos saber lo que es esencialmente humano o lo que hace que el humano lo sea.

 

El humanismo, como apología de lo humano, nos coloca en la cúspide del universo. Ni las piedras ni las estrellas, ni las flores ni los animales pueden compararse con el ser humano. Somos el ser que se encuentra en la cúspide de la evolución física y biológica. Somos seres humanos que, en esta visión, nos observamos autónomos del resto del mundo, independientes de la naturaleza y la sociedad.

 

A todas luces se nos presenta un problema, una disyuntiva. Si lo humano, lo que llamamos humanidad, es algo definido e inamovible y permanente, entonces será posible construir un ideal al que todos aspiremos y, como lo ha notado Heidegger, también en su Carta sobre el humanismo, lo inhumano será todo aquello fuera del ideal, como en Roma lo fueron los bárbaros.

 

Pero además, ni siquiera podemos asegurar que somos individuos en el sentido de que seamos organismos individuales. Desde el nacimiento somos habitados por billones de bacterias que nos habitan y viven y se desarrollan con nosotros, forman parte de nosotros y se transmiten de generación en generación.

 

Nuestro cuerpo es una comunidad de organismos o ecosistemas viviendo en un ecosistema mayor, ambos en continua y compleja evolución. La salud y enfermedad del cuerpo, su desarrollo, crecimiento y evolución dependen de los cambios en ambos ecosistemas, en el del cuerpo como comunidad bacteriana y en el del medio ambiente.

 

Adicionalmente nos desarrollamos en comunidades sociales. Los problemas ya no los podemos clasificar tan fácilmente como naturales, sociales o humanos, porque ya no pertenecen rigurosamente a un dominio en particular, no son sólo de la naturaleza o de la sociedad, no son de manera estricta naturales o sociales. El calentamiento del planeta es un problema de la naturaleza, pero es un problema para el ser humano y es un problema ocasionado por nosotros, seres humanos, y es también un problema social. La salud ya no es un problema del cuerpo individual, es a la vez un problema social y es un problema económico. Los problemas son híbridos, son problemas naturales y sociales a la vez. Cada humano afecta a los demás, a la sociedad y a la naturaleza, y a su vez la naturaleza afecta a los humanos y a la sociedad, y la sociedad afecta a los otros dos. Cada persona no “madura” sola, es construida, se construye con la experiencia de cada día, con todo y todos los que le rodean, recibe su educación y su alimento de la naturaleza, la sociedad y de los demás en su entorno afectivo y familiar.

 

Desde esta perspectiva, cobra sentido rescatar no sólo una solidaridad social con las diversas comunidades humanas, sino también una solidaridad con los demás seres vivos y con la naturaleza. Somos un tejido complejo natural-social en el que todos los factores están íntimamente relacionados y toman una forma híbrida en el ser humano. Somos un producto tan natural como social y cultural y evolucionamos todos en conjunto con la sociedad, la cultura y la naturaleza.

 

Definir o caracterizar el humanismo con base en las funciones humanas o en ciertos valores que se consideren útiles en determinado momento aniquila al resto de la humanidad. Lo mismo ocurre con el nacionalismo y otros “ismos”. Una característica del arte que pudiera servir de referencia para evitar las limitaciones que imponen esas definiciones es su apertura, su libertad. El arte no cambia para superarse en el sentido de de un progreso definido, el arte simplemente cambia. Exigir al arte una legitimación, exigirle que dé cuenta de su utilidad, que se explique, sería un asesinato. De igual manera, la humanidad del hombre no se agota en una descripción naturalista. Se requiere llenar los huecos, igual que en la obra de arte, configurar todo aquello que la naturaleza ha dejado vacío.

 

El fin o la finalidad en el arte es una conducta libre de fines, es decir, libre de fines predeterminados o absolutos. No quiere esto decir que cada obra específica no tenga alguna finalidad. Y lo mismo ocurre con los seres humanos. En lo particular puede haber fines específicos, pero la humanidad como tal debe tener también esa conducta libre para construirse como mejor le plazca. Y así como la obra de arte es única e irremplazable, también lo es el hombre.

 

 

Publicado el 20 de octubre de 2011