EL DEBATE: ¿Para qué sirve la filosofía de la ciencia?

 

Por Jordi Vallverdú

Departamento de Filosofía de la Universitat Autònoma de Barcelona, España.

 

Como filósofo de la ciencia (y de la subespecialidad dedicada a las teorías de la computación) me he preguntado con suma frecuencia y reiteración cuál es el sentido de la existencia de esta disciplina. Con ello no quiero ser polemizador, puesto que es una pregunta sincera y que me he dirigido durante años a mí mismo. Por ello, mis reflexiones no van en contra de ningún miembro de este colectivo, que abarca escuelas diferentes (estructuralismo, CTS, estudios de género, etc.). Expongo los motivos de mi desazón:

 

(1) Impacto teórico: el ímpetu epistemológico que caracteriza a la actividad de los filósofos de la ciencia tiene un impacto cercano a cero en la comunidad científica. Los propios implicados, objeto de nuestros sesudos estudios, no muestran interés alguno en nuestras investigaciones. Por lo tanto, no existe un debate real constructivo, tan sólo especulaciones entre observadores externos de lo científico, sin conseguir mejorar con tal actividad la mera teoría científica (protocolos, modelos estadísticos, diseño conceptual, etc.).

  

(2) Renovación práctica: este punto es una consecuencia lógica del punto anterior. Pecaré de ingenuo al decir que con mi trabajo de tesis doctoral estaba convencido de la capacidad de los resultados teóricos para mejorar los protocoles empíricos relativos a mi objeto de estudio. Cabe decir que ninguna empresa, laboratorio o agencia gubernamental (de ámbito nacional o local) estuvo interesada, a pesar de mis continuados intentos, en implementar las obviedades epistemológicas que mi modelo aportaba. Bueno, me consolé viendo que a nadie le ha sucedido esto, exceptuando en los casos que se trate algo ético. La ética es como el santo grial del filósofo socializado: resulta ser el único reducto donde parece necesitarse al filósofo que analiza la ciencia. Allí es donde se le permite ocupar puestos en comités asesores, comisiones evaluadoras o cargos menores de gestión. Pero no en la propia práctica de la ciencia tras haber ahondado en su mejora epistemológica.

 

(3) Capacidad comunicativa: en tercer y último lugar me planteo la capacidad de la comunidad de filósofos de la ciencia por comunicar al resto de sociedad sus propias ideas. Arrastrados por la brutal inercia del sistema curricular, nuestra comunidad genera cantidades abrumadoras de textos técnicos indescifrables para el resto de mortales, publicados en revistas de compleja consulta o libros con tiradas limitadas. La filosofía se cierra sobre sí misma, sin posibilidad de interactuar efectivamente con a miríada de agentes implicada en la generación de conocimiento.

 

Por todo lo expuesto, mi sensación constante es la de habitar un gueto académico privado, sufragado inauditamente con fondos públicos. Y ello no tiene nada que ver con la necesidad de la ‘investigación pura’, que por supuesto es necesaria. Este no es el caso de la filosofía de la ciencia y de sus practicantes: yo siempre he aspirado a conocer, no a actuar de antropólogo, etólogo o notario de lo científico. A crear conocimiento, no a ser observador del mismo.

 

Finalizo lanzando a los lectores de este espacio la cuestión que me corroe desde que inicié mis andaduras y escarceos intelectuales en esta disciplina, esto es: ¿para qué sirve la filosofía de la ciencia? Pero antes de responder, sean sinceros consigo mismos y tómense un tiempo. Porque, por desgracia, lo tenemos.

 


Publicado el 13 de diciembre de 2010